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Es casi imposible encontrar un sistema político, en el que la opinión pública no dude de la conveniencia del sistema electoral vigente. El sistema electoral se encuentra de alguna manera en debate continuo en todos los países. Nunca se termina en definitiva. Existe incluso una necesidad de retomar el tema de vez en cuando, dado que en ocasiones la opinión pública pierde la memoria en cuanto a las características y a las conveniencias del sistema vigente. Sin embargo, hay que diferenciar entre situaciones digamos normales, en las que, animado por la academia y a través del examen comparativo con sus alternativas, el sistema electoral vigente se reafirma conscientemente, y otras en las que el sistema electoral sigue siendo un tema de discrepancia y conflicto continuos.

En México el aspecto electoral ha sido motivo de fuertes brotes de ingobernabilidad, la discusión y consenso entre los partidos está suspendido y parece bastante lejano el momento en que se rompa con la inercia de los intereses partidistas y las descalificaciones a priori en búsqueda de una solución legislativa acorde a las necesidad de la evolución social que se ha dado a nivel interno.

La política partidista enfrenta un irreversible grado de descomposición al ser arrasadas las ideologías por el pragmatismo y la búsqueda del poder por el poder, dejando en último término el análisis y debate de los grandes problemas nacionales, así como la voz de la sociedad.

Lo anterior, debido al actuar de las instituciones partidistas que, lejos de ser un auténtico puente entre ciudadanos y Estado, puesto que se consideran entidades de interés público debido a que hacen posible o facilitan que los ciudadanos participen en la vida democrática, integren la representación nacional y accedan al poder político. Han involucionado en una herramienta en manos de una clase social, fracción de clase, estrato o simple grupo con intereses económicos y políticos comunes, cuyo propósito central es la conquista del poder político.

Esta disfuncionalidad del sistema partidista mexicano se encuentra presente y más arraigada que nunca a nuestro sistema electoral, el PRI, se encuentra inmerso una crisis verdaderamente impensable para la figura hegemónica que representó en la historia de nuestro país, con un altísimo nivel de rechazo y repudio por parte del electorado, gracias al cumulo de acontecimientos políticos, económicos y sociales que han afectado el tejido social y a la ciudadanía, que lo responsabilizan directamente.

Por otra parte, su antagónico, el PAN, partido considerado grande dentro de nuestro sistema, también se encuentra inmerso en una crisis de credibilidad y autenticidad ideológica causada por ese “proceso de selección de candidato”, a todas luces viciado, y que culminó con la imposición de un candidato con el que la mayoría no coincidía, trayendo consigo fracturas posiblemente difíciles de recomponer y que hoy lo hacen ver como una opción completamente antidemocrática.

El Partido de la Revolución Democrática creo está viviendo el ocaso de su fin como ideología de oposición. Su representación ha ido declinando, carecen de credibilidad al grado de haber terminado en alianza con el PAN, lo que muchos ven como contra natura; izquierda y derecha juntos solo se ve en México, razón por la que los pocos izquierdistas que quedan se han movido hacia MORENA o a otras fuerzas. Su opción dicen diferentes analistas, será convertirse en una fuerza marginal con influencia casi nula, o desaparecer.

Por otra parte, MORENA en algún momento, parecía ser la última opción para implementar una reforma política de gran calado que lanzara a la política mexicana a otra dimensión, sin embargo, esa simbiosis sospechosa con gente del PRI, está por terminar con esa ilusión.

A pesar de todo lo anterior, muy a lo lejos se ve una pequeña esperanza, porque como Samuel Schmidt, coincido que el sistema partidista mexicano se encuentra en esta elección, con la oportunidad para implementar una reingeniería partidista y política profunda. El reto consiste en que el triunfador del proceso electoral tenga la suficiente audacia e inteligencia para entender esa gran posibilidad.


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